lunes, 10 de agosto de 2020

EL SECRETO

                                                  EL SECRETO

                                         (UNA CHICA CASADERA)

 

                                                                                            

                —¡¡Oh, no…!! ¡Dios santo!, ¿qué es esto?, pero, ¡No puede ser! ¡¡Edelmiraaaa!!!

                El grito destemplado coge de sorpresa a la muchacha, que se encuentra realizando labores en la cocina; instintivamente dirige la mirada hacia el lugar de donde proviene la voz.

                —¡Voy, tío, voy ! Huy la rabieta, ¿y ahora? —Edelmira deja el trasto que tenía en sus manos y se dirige a la habitación donde se encuentra su tío.

            —¡Muchacha desconsiderada!, ¡qué es lo que me has hecho? ¡Válgame Dios! ¡Mi ropa!

            —¡Pero, tío! ¿Por qué te pones así, qué es lo que te preocupa?

            —¿Qué me preocupa? ¡Mira como está mi pantalón! —Don Jacinto señala las botas de su pantalón, que visiblemente una está más ancha y más alta que la otra—, ¡Dos años en una academia de costura, un año en un instituto de alta costura y no sabes distinguir entre una talega y un pantalón? ¿Cómo me has hecho esto?

            —Pero, tío. —La voz nerviosa, de Edelmira, delata a una jovencita avergonzada y temerosa que no ha podido evitar sentirse mal por el reproche.

            —¡Yo te lo hago dijiste, no gastes en el sastre! ¡Como has malogrado la tela!

            —Tío, quiero que comprendas, por favor…

            —¡Tío te buscan! —Sebastián, un niño de diez años, entra a la habitación interrumpiendo la acalorada conversación.

            —¿Me buscan?, ¿quién me busca?

            —¡Es la doña Candelaria! —responde Sebastián.

            —¡Que me buscan, que me buscan! ¿Qué querrá?, ¿y cómo la recibo así, en estas fachas, sí los otros pantalones aún están tendidos en el cordel?

            —Pero tío, no tienes por qué preocuparte, ¿Por qué te vas a sentir mal, si crees que esta mal hecho el pantalón? Doña Candelaria comprenderá.

            —¿Comprenderá? ¿Qué va a comprender?, ¿Acaso no te das cueenta como estoy?

            —¡Tío —insiste Edelmira—, ¿Acaso ella es una perfecta costurera? ¿No has visto como le hace los pantalones a su marido?, Ja, ¿de qué vas a tener vergüenza, tío? —Volviéndose a Sebastián le hace un movimiento con la cabeza—: ¡dile que pase!

            —¡¡Queee!! ¡Ahora tú das las órdenes aquí! —Sebastián que ha estado a punto de salir se queda contemplando al iracundo don Jacinto, éste se lleva las dos manos a la cabeza como si quisiera calmar un gran dolor; vuelve la mirada hacia Sebastián que espera una orden y añade—: ¡Dile que pase!

Sebastián, algo confundido, se dirige a la puerta que ha quedado entreabierta, al abrir ésta totalmente, queda frente a una dama de avanzados años, rostro macilento y desgarbada apariencia.

            —Pase usted, por favor, doña Candelaria.

            —¡Gracias! —Doña Candelaria al ingresar dirige una amplia sonrisa a los dueños de casa que ya se encuentran en la sala— ¡Buenos días con todos!, buenos días don…Jacinto…

            La visitante se queda mirando los pantalones de don Jacinto y, atrevidamente trata de dar una vuelta alrededor de él.

            —¡Buenos días doña Candelaria! ¿Tengo algo curioso para que me mire de esa forma?

            —¡No!, ¡no!, ¡nada, nada!, este, ¿celebran algo especial? —Doña Candelaria, entre perturbada y curiosa, no ha dejado de mirar los pantalones de don Jacinto; al darse cuenta de su impertinencia levanta la mirada y se encuentra con los acusadores ojos de don Jacinto

            —¿Qué de especial tendría que celebrar yo? ¡Y déje de mirarmne de esa forma que me pone nervioso! ¿Dígame qué la ha traído por acá?

            —¡Dios mío, don Jacinto! ¡Me abochorna! ¡Usted ayer me invitó a almorzar, Ay que vergüenza!

            Con las mejillas encendidas por el desconcierto y a vergüenza, doña Candelaria dirige su mirada a la puerta y adelanta un pie con la intención de dirigirse a ella.

            —¡Ay tío, qué cabeza la tuya!  —La intervención de Edelmira detiene la intención de doña Candelaria—,, si precisamente por eso me dijiste…

            —¡Sí, sí, sí!, ¡no, no!, doña Candelaria, ¡Qué torpeza la mía! ¡Es que en realidad estos chicos me tienen loco! ¡Es la pura verdad!

            —¡Ah¡, era eso, ¡Que pavo me hizo pasar, vecino!, por un momento pensé…

            —Que se le vaya cualquier idea de la cabeza vecina

            —¡Tío! —vuelve a intervenir Edelmira—, si me disculpan debo atender las cosas de la casa. Tú sabes: la cocina, la limpieza, ¿No?

            —¡Sí, sí!, ¡claro!, y ya sabes, todo se hace como hemos acordado.

            —¡Sebastián! —dice Edelmira— ve y llama a Julián es necesario que todos ayudemos.

            Sebastián sale en busca de Julián y, Edelmira, se dirige a la cocina.

            — Y ahora que estamos solos, don Jacinto, le diré que …—Doña Candelaria se acerca y le habla al oído a don Jacinto.

            —¡No me diga! —responde don Jacinto con gesto de sorpresa, e indicando el sofá, añade—: siéntese por favor.

            — ¡Gracias ¡¡Sí, como le decía! —Doña Candelaria vuelve a pronunciar algo al oído de don Jacinto.    

            —¡No! —Don Jacinto, exclama entre entusiasmado y sorprendido mientras ocupa asiento—, ¿así que así es?

            —¡Sí!

            Empezó como un rumor de voces ininteligibles, luego llegaron los gritos destemplados y finalmente el ruido de los trastos chocando con las paredes: se había armado un alboroto en la cocina

            —¡Suelta eso , Julián! —Se escucha la voz de Edelmira— ¡Te he dicho muchas veces que tú no tienes por qué meter las manos aquí!.

            —¡Mamá! ¡ay, ay! ¡Suelta, ay! —Julián es sacado a jalones de la puerta del refrigerador.

            —¿Qué crees? —Se vuelve a escuchar a Edelmira—, aquí no se hace lo que a ti te parece, sino lo que se debe. ¡Toma!

            —¡Caramba con estos chicos! —exclama don Jacinto, que ha visto suspendidas sus confidencias por el escándalo de la cocina—, a veces se pasan de la raya, pero Edelmira los pone en línea.

            —¡Toma! ¡Ay, Suelten! ¡Ay, abusivos! —La voz de Edelmira suena angustiada y suplicante— ¡Ay, tío, abusivos! ¡Toma, Ay!

            —¡Jesús, don Jacinto!, ¿no cree que el desorden está pasando a mayores? —dice doña Candelaria, encarando a su interlocutor.

            —¡Por supuesto doña Candelaria pero esto lo arreglo yo en un instante.

Don Jacinto se pone de pie y se dirige a la cocina; está a punto de ingresar; pero es arrollado por Edelmira que sale corriendo.

            —¡Tío! —exclama Edelmira, mientras don Jacinto se estrella contra el suelo.

            —¡Don Jacinto! —grita doña Candelaria.

            —¡Muchacha que me descalabras! —Don Jacinto desde el suelo, impotente y furioso golpea el suelo queriendo descargar su enojo—, ¿qué es este escándalo? ¡Por Dios! ¿Están locos? ¡Sebastián, Julián!

            —¡Ella empezó tío! —dice Julián saliendo de la cocina junto a Sebastián.

            —¡Le tiró un cucharonazo a Julián, tío? — dice Sebastián reforzando la versión de su hermano.

            —¡Vieras el desorden que han hecho adentro , tío! —se justifica Edelmira ante don Jacinto, que empieza a incorporarse.

            —¡Qué escándalo! Disculpe usted doña Candelaria —Volviéndose a los jóvenes— ¿No se dan cuenta qué impresión estamos dando a nuestra invitada?

            —Oh, no se preocupe don Jacinto, así son los muchachos; además, yo bien podría ayudar con lo de la cocina, nos conocemos tanto tiempo que no creo que me prohíba ingresar ¿Verdad?

            —¡Está en desorden, tío! —dice Edelmira preocupada.

            —No importa vecino, vamos, no se preocupe.

            —Está bien, doña Candelaria, ¡Y ustedes a hacer todo lo que falta! ¡Ya después hablaremos sobre esto!

            Edelmira se acerca a la ventana de la sala; afuera se recortan las casas del barrio que, de forma escalonada, aparecen como las piezas de un nacimiento engastadas en la ladera de un cerro lleno de sol y esperanzas. Observa el hormiguear de sus vecinos, absortos en sus labores diarias, y un suspiro escapa de sus labios.    

            —¡Cocinar, lavar, cocinar, lavar!, pero esto se va a acabar. ¡Cocinar, lavar, barrer!, ¡Tender camas!, y todo para atender a este par de vagonetas. ¡Pero esto muy pronto se acabará! ¡Muy pronto! ¡Ya lo verán!

            —¡Claro!, pero no me amenaces. Creo que sé a qué te refieres —dice Julián dándose por aludido.

            —Si piensas, lo que yo creo que piensas, ni lo pienses. Seguro que te refieres a …—tercia Sebastián que no llega a terminar de expresar su pensamiento por la interrupción de Edelmira.

            —¡Me refiera a lo que me refiera! ¡Estoy aburrida, completamente aburrida!

¡Ay, pero cuando me case!

            Edelmira sume una actitud romántica y ensaya unos pasos de baile, ante la mirada inquieta de sus hermanos.

            —¿Cuándo te cases? ¿Por qué has de casarte? —pregunta Julián incómodo.

            —¡Claro que me casaré!

            Don Jacinto y doña Candelaria que salían a la sala se detienen ante la puerta al escuchar las palabras de Edelmira, hacen la intención de escuchar y se miran asombrados

            —¿Casarse, Edelmira? —es la pregunta que sale de los labios de don Jacinto automáticamente.

            —¿Y por qué me caso? ¿Es obvio, no? ¡Tengo poderosísimos motivos! , la gente, se casa cuando tiene motivos muy fuertes. Ante la justicia divina y humana nadie me juzgará mal.

            —¿De que ley hablas? —pregunta Sebastián.

            —¡Mira, mejor cambiemos de cinta, porque así como estoy no voy a echarme atrás en mi decisión!

            Doña Candelaria y don Jacinto, que no han escuchado bien la conversación, se miran estupefactos

            —¿Casarse? —dice doña Candelaria.

            —¿Cinta? —dice inaudiblemente don Jacinto mientras hace un ademán de abultamiento en el vientre.

            —¿Decisión? ¡Dios, don Jacinto! ¿Qué pasó?

            Las últimas palabras de doña Candelaria fueron sin ningún control, lo que atrajo la atención de Edelmira y sus hermanos; sabiéndose descubiertos, don Jacinto avanzó hacia la sala.

            —¿Qué escucho? ¿Acaso ha sucedido lo que pienso?

             ¡Exactamente, tío! Yo… —Edelmira no puede concluir su respuesta por la intervención de doña Candelaria.

            —¿Qué otra cosa, don Jacinto? ¡Pero calma y serenidad ante todo! ¡Estas cosas hay que tomarlas con calma! —Aconseja doña candelaria.

            ¡Sí, sí! ¡Claro! ¡Claro, con serenidad! —Asiente don Jacinto.

            —¡Con calma, con serenidad! ¿Creen que la calma puede arreglar estas cosas? —las palabras de Edelmira expresan lo mortificada que se encuentra en ese momento, luego añade—: Si precisamente yo estoy…

            —¡ Si hija, sí!,  ¡lo hemos escuchado! —interrumpe don Jacinto.

            —¡Y si han escuchado todo te darás cuenta que.,., — Edelmira no concluye de hablar porque nuevamente es interrumpido por don Jacinto.

            —¡Claro que me doy cuenta!, ¡enseguida traeremos aquí a ese facineroso!

            —¿A quién? —pregunta Edelmira, algo asombrada, mirando a su tío y luego a sus hermanos.

            —¡Por supuesto tiene que ser así! ¡No faltaba más! —tercia doña Candelaria interviniendo con vehemencia en la conversación.

            —¡Y enseguida te has de casar hija! —afirma don Jacinto.

            —¿¿Enseguida?? —preguntan en coro Edelmira y sus hermanos, con asombro.

            —¡Por supuesto! ¿No ven ustedes lo que está sucediendo con su hermana? —dice eufórico don Jacinto, casi gritando.

            —Pero es muy normal que ella… —No termina Sebastián porque es interrumpido por el áspero vozarrón de don Jacinto.

            —¿Normal? ¿Normal le llamas a lo que ocurre? ¡Claro, normal es para ustedes! ¡Esta juventud! ¡ Como si la casa fuera una pocilga, donde jamás se vieron buenas costumbres! ¿Y ahora?, su hermana no podrá casarse de blanco.

            —¡No casarse de blanco! —exclaman Edelmira y sus hermanos.

            —¡De ninguna manera que se haga de otra forma, tío! ¡Me casaré de blanco o no me casaré!

            —¡Y con corona de azahares! —dice entusiastamente Julián

            —¡Y con paje y coro! —añade Sebastián.

            —¡Y en la iglesia catedral!  —dice Edelmira cruzando los brazos en una actitud desafiante.

 

            —¡Basta, Basta! ¿Qué creen ustedes que es la ceremonia religiosa del matrimonio?, ¿una farsa?

            —¡Por supuesto que no, don Jacinto! , chicos, en la forma que se presenta este matrimonio no veo la manera que la ceremonia sea como ustedes quieren, por discreción.

            —¡Ninguna discreción, doña Candelaria! —Edelmira se ha expresado muy impulsivamente, luego, volviendo el rostro hacia don Jacinto añade—: y otra cosa tío, me parece que esto es un asunto de familia y de nadie más.

            —¡Dios, don Jacinto! —exclama sonrojada doña Candelaria.

            —¡Cordura!, ¡cordura! ¿Es que acaso no podemos tener un poco de razonamiento?

            —Pero tío, sigo insistiendo en que es muy normal mi comportamiento cuando he tomado esta determinación. —insiste con aplomo Edelmira.

            —¿Normal? —interviene don Jacinto con el rostro enrojecido por la cólera..

            —¡Ay esta juventud? —dice doña Candelaria persignándose.

            —¡Normal, así que normal! —continúa don Jacinto—, ¿normal es acaso que se mancille el nombre de la familia, haciendo lo que quieres hacer?

            —Pero es que eso no puede dar lugar a ningún comentario; además, ¿quién comentaría? —Edelmira ha hablado encogiéndose de hombros y dirigiendo la mirada hacia doña Candelaria.

            —¿Quién?, si tenemos el periodismo en casa. —comenta Julián, mirando también a doña Candelaria.

            —¡Julián! —interviene don Jacinto—, ¿qué es esto?  ¿Aquí se está perdiendo los buenos modales y el respeto?

            Doña Candelaria, aunque visiblemente afectada por los comentarios de los muchachos se acerca a don Jacinto y le dice algo al oído.

            —¡Claro, Claro! —exclama don Jacinto; llevándose la mano a la barbilla continua—: lo esencial es saber que piensa él, su familia; saber de dónde es él.

            —¿Él?, ¿quién él? —pregunta Edelmira, intrigada.

            —¡El responsable de todo esto! —dice doña Candelaria, indignada.

            —¡Sí el responsable! —exclama furioso don Jacinto.

            —Pero…es que no hay solamente un responsable ¿No lo quieren entender? —dice Edelmira llevándose las manos a la cabeza.

            —¿Queeee? —exclaman al unísono doña Candelaria y don Jacinto, escandalizados.

            —¡Esto es el colmo! Aquí ya se perdió toda la delicadeza, la… —Don Jacinto es interrumpido por el sonido del timbre de la puerta—, ¿y ahora qué?

            —Voy a ver, tío. —Se ofrece alegremente Sebastián.

            —¡No yo voy! —dice Edelmira, adelantándose a abrir la puerta—, ¿quién?, ¡ah eres tú Antonio!

            —¿Antonio? ¿Qué hace mi Antonio aquí? —se pregunta doña Candelaria extrañada.

            —Has llegado justo a tiempo. En el momento adecuado. —Le dice Edelmira al recién llegado—, precisamente hablábamos de mi problema, que también es tu problema ¿No?

            —¿Qué, él? —grita don Jacinto.

            —¿Él qué? —pregunta extrañada Edelmira, mirando a todos lados

            —Edelmira era un secreto. —dice suavemente Antonio como no queriendo ser oído por todos.

            —Sí, lo sé. —responde Edelmira—, pero ya no podía soportarlo y se ofreció la oportunidad para conversarlo.

            —Pero…no sé. —titubea Antonio.

            —Todo va bien. —dice, Edelmira, dándole ánimo al joven—, a tal punto que mi tío quiere casarme enseguida.

            —¿Enseguida?, bueno eso está bien para ti, pero tú sabes que ese no es mi problema.

            —¿Qué? —estalla, don Jacinto— ¿No quieres casarte?

            —¡No señor, claro que no!, eso no está dentro de mis planes.  

            —¿No te quieres casar? —vuelve a preguntar don Jacinto—, ¡te casarás, te casarás ahora mismo, aunque tenga que molerte a palos!

            —¡Ay Jesús!, ¡ay Jesús!  ¡ay! 

            Doña Candelaria ha caído al suelo, visiblemente afectada emocionalmente por las sorpresivas revelaciones que ha estado escuchando.

            —¡Doña Candelaria! ¡No es este el momento de hacer payasadas! ¡Estas cosas son muy serias! —grita desesperadamente don Jacinto.

            —¡Mamá, mamá! —Afligido, Antonio se ha acercado a su madre y la coge entre sus brazos— ¿Qué es lo que sucede, no me explico todo esto?

            —¿Qué sucede? ¿Pregunta qué sucede? —interviene don Jacinto, encarando a Antonio, que sostiene a su madre en sus brazos—, ja, ¿Qué sucede? ¡Edelmira esta en cinta, tu no quieres casarte! ¿y me preguntas qué sucede?

            —¿Edelmira en cinta? —Antonio ha hecho la pregunta con una expresión de asombro incontenible.

            —Antonio, ¿por qué no me lo dijiste? —pregunta doña Candelaria incorporándose y con una expresión de ternura y preocupación a la vez.

            —¡No sabía que Edelmira esta en cinta, Madre!

            —¡Tú eres el culpable! —reprocha Sebastián.

            —¿Qué? —responde Antonio.

            —¡Se volvieron locos! —dice Edelmira.

            —¡Pobre mi Antonio! —dice doña Candelaria.

            —¡Es un abusador! —dice Julián.

            —¡Un desvergonzado! —dice Sebastián.

            —¡Desvergonzada dirán! —replica doña Candelaria.

            —¿Quién? —pregunta Edelmira.

            —¡Tú! —responde doña Candelaria

            —¡¡Cállense!! —grita don Jacinto imponiendo silencio—, vea usted doña Candelaria, esto tenemos que arreglarlo nosotros como personas mayores. Usted ha venido aquí haciéndose la mosquita muerta…

            —¿Qué?

            —¡Sí!, finge no saber nada. Quién sabe si estaba muy bien esterada de lo que el pelmazo de su hijo hacía con mi sobrina.

            —¿Qué, qué? ¿Trata de justificar a su sobrina? ¿Quién me dice si no es usted que, de acuerdo con ella, han montado esta farsa para atrapar a mi Toñito?

            —¡Toñito, Ja!, tremendo manganzonaso que de infante lo único que tiene es el reducido cerebro que de su madre heredó, y no le digo…

            —¡Tío! ¿Qué es esto? —pregunta, Edelmira, desconcertada— ¿Ustedes están locos? ¿Siendo tan amigos se ponen a discutir de esa forma? ¿Por qué?, si estábamos conversando tan bonito.

            —¡Pero hija! ¿Cómo no voy a discutir si esta señora apoya lo que el desalmado de su hijo te ha hecho?

            —¿Que me ha hecho?, pero, ¿qué me ha hecho tío?

            —¡Pero cómo! Oh no ¡ahora sí que no entiendo nada! Dime ¿El es tu enamorado?

            —¿Qué, mi enamorado? ¡No! —responde Edelmira completamente sorprendida.

            —¿No te ibas a casar con é? —insiste don Jacinto.

            —¡Oh no, tío!, él solamente me dio la idea, y a la vez, yo le sugerí que si estaba aburrido en su casa, se fuera de ella.

            —¿Aburrido de su casa mi Toñito? —interviene doña Candelaria con voz angustiada.

            —Cierto, madre —afirma con voz agitada por la emoción Antonio—. La única persona de confianza que tengo para contar mis angustias es Edelmira; es por eso que ambos planeamos independizarnos. Ella casándose y yo yendo a buscar fortuna a otra parte. ¿No te das cuenta que todas las tareas de la casa las recargas en mí? Tú me dejas lavando, planchando, cocinando, limpiando, mientras pasas el tiempo en casa de los vecinos. No tengo tiempo ni para estudiar. ¿Cómo no voy a sentirme desesperado?

            —¡Así es, tío!, son las mismas razones por las que yo he decidido casarme., Lógico que primero tengo que tener un novio; por eso no puedo casarme inmediatamente como tú quieres. ¡Ah, pero eso sí, tiene que ser de blanco!

            —¿Entonces no estás en cinta? —pregunta, tímidamente, doña Candelaria.

            —¿Cómo se les ocurre semejante cosa?, cuando escuché eso pensé que estaban haciendo alguna broma.

            —Doña Candelaria. Aquí ha habido un mal entendido que debemos rectificar: mi sobrina no está en cinta, su hijo no es culpable, mi sobrina no se casa y su hijo no se va. Estoy seguro que nosotros como mayores sabremos rectificar los errores que han dado lugar a que estos jóvenes hayan planeado decisiones equivocadas.

            —¡Por supuesto, don Jacinto!, pero también creo que debemos disculparnos por ciertos excesos que hemos cometido aquí ¿No? —dijo doña Candelaria con cierto sarcasmo.

            —¡Claro, claro que sí, doña Candelaria! —dijo don Jacinto sintiéndose aludido—, y empezaré por decirte, Antonio, que me siento arrepentido de haber dicho lo que todos ustedes escucharon; yo sé que eres un muchacho inteligente; lo que dije fue en un arrebato de cólera. —dirigiéndose a doña Candelaria, continúa don Jacinto—, ahora me doy cuenta vecina que tanto Antonio como Edelmira necesitan un poco de comprensión y apoyo, para evitar que se vayan a otros lugares a caer en las garras de ese mundo infame que allá afuera espera.

        —¡Lo dicho, don Jacinto!, yo también quiero decir algo, especialmente a tí,  Edelmira, no eres la primera mujer que ha pasado por estos momentos de locura; pero no hay nada mejor que una conversación sincera y respetuosa con la familia. Todo tiene solución.

            —¡Debes tener calma que ya habrá tiempo para que un príncipe azul llegue a tu vida! —añadió don Jacinto— pero eso sí, antes tienes que aprender algunas  cosas, como por ejemplo —se mira las botas de sus pantalones—, ¡siquiera a coser pantalones! ¡Ja! ¡Conque una chica casadera!. 

 

domingo, 2 de agosto de 2020

UNA NOCHE COMO HAY POCAS

               



                               UNA NOCHE COMO HAY POCAS

 

            —¡Fuchi! ¡Tienes un olor… a diablos!

            —¿Y qué quieres? Si me ha tirado con el bacín la muy…

            —¡Sshhh!, ¡cállate!, han prendido la luz arriba, ¿y si es la vieja?, ¡escóndete se está asomando por la ventana!

            —Tenía que ocurrírsele salir ahora…ya debería estar durmiendo.

            —¡Cállate bruto, te van a escuchar!, nada sabes hacer. Para abrir una ventana has despertado a medio mundo, ¡tonto!

            —¡Ya!, ¡no seas marica!, ¿tienes miedo?

            —Miedo sí, ¡pero de botar las tripas, animal!, ¡estás que hueles a rosas! Eres un mentiroso “ñato”, ¿no decías que la chola es tu amiga?

            —¿Qué es eso de “chola”?, ¡más respeto con mi gila! ¡Por qué crees que miento?, si me tiró el bacín es porque no me reconoció. ¡Miércoles! ¡El orín me está calando los huesos!

            —¡Yo no sé qué hago aquí!, ¿para qué me has traído?, el enamorado eres tú no yo.

            —Porque tú conoces bien  estos sitios.

            —Pero, ¿por qué no fuiste por la puerta del cuarto?

            —¡Qué bruto eres!, ¿no ves ese cartel que dice: “cuidado con el perro”? Ya se está metiendo la vieja, voy a…

            —¡Espera!, todavía no apagan la luz.

            —Y eso que…

            ¡¡¡Traass!!!

            —¡Maldita sea! Es la puerta del guardián.

            —¡Viene para acá “flaco”, corre…!

            —¡No seas tarugo!, ¿quieres que nos metan un balazo? Aun no nos ha visto. Vámonos pero sin que nos vea… y eso solamente se puede hacer por allí. —El “flaco” señala un oscuro callejón que hace exclamar al “ñato”:

            —¡Estás loco, “flaco”, por allí están los perros!   ¡Son enormes!

            —¿Y qué?, ¿quieres salir por las rejas? —Se queda un momento pensativo; pero, ante la proximidad del guardián, añade—: bueno, vamos pero agáchate y no hagas ruido.

            —¿Y ahora “flaco”, como subimos la pared?

            —Es fácil: pongo las manos, te subes en ellas, te cuelgas de la pared y después me jalas.

            —¡Manos a la obra!, pero no vayas a meter la pata!

            —Procura no meterla tú “ñato”. ¡Vamos, sube!...sube…así…, pero… ¡Con cuidado tonto! ¡Mira de dónde te estás colgando, la teja está suelta!

            —¡No se ve!

            —¡No te sueltes!... ¡Agárrate!... ¡Agárrate!...

            —¡”Flaco!... ¡me caigo!... ¡”Flaco”!...¡”Flacooooo…!

            ¡¡¡TRRAAAASSS!!!... ¡¡¡CATAPUMMMMMM…!!!

            —¡Bestia!, ¡ahora si metiste las cuatro…!

            —¡Corre!, ¡ Corre!

            ¡¡¡Piiiii!!!... ¡¡¡Piiiiii ¡!!...

            —¡Por la reja!

            ¡¡¡Piiiiiii!!... ¡¡¡Piiii!!! …

—¡Corre!

¡Guau!... ¡Guau!..., ¡Guau!...

—¡Inútil de miércoles….! ¡Ya me jo…aayyyyy...!, ¡sálvese el que pueda! ¡Fuera, fuera….aayyyy…!

¡Guau!... ¡Guau! …¡Guau! …¡¡¡Piiiiii!!!... ¡Piiiiii!!! …

—¡Corre, “flaco”, corre!

¡Guau!... ¡Guau! …¡Guau! …¡¡¡Piiiiii!!!... ¡Piiiiii!!! …

 

—¡Es para tí!

—¿Para mí!?

—¡Sí!

 —¿de quién será?...¡aló!, ¿quién habla!

—¡Soy yo marica de miércoles! ¿Por qué me dejaste solo?

—¡Pero “flaco”! ¿No dijiste sálvese el que pueda?

—¡Buen pretexto tienes! Quiero que ha hagas un favor.

—Di nomás. ¿Qué es lo que quieres?

—Que le avises a mi madre para que me traigan otros pantalones; también que venga con mi hermano para que me ayude a ir a casa.

—¿Que te ayude ir a casa? ¿Qué tienes?

—¿Qué tengo? Media nalga menos, bruto, por tu culpa. Estoy en la sala de primeros auxilios.

—¡Cuánto lo lamento!, voy ahora mismo. ¿Algo más?

—¡Ah!, sí… cuando quieras ir a ver a tu enamorada vas a ir con…

 

 

  

 

 

 

 

 


WARMI URQOY (PEDIDA DE MANO)


                                                           







                                                             WARMI URQOY

PEDIDA DE MANO

 

 

Las cuerdas van quedando con la tirantez exacta que les permita emitir las melodiosas notas que, el eximio Silvera, estaba acostumbrado a extraer de su mandolina.

 —¡Me parece que ya es la hora! —Les dice a sus acompañantes.

            —¡La hora no importe Silvera! ¡Lo mismo da que sean las ocho o la una de la mañana! Total….—respondió, don José, adelantándose al grupo. Los demás continuaban sentados en las piedras que, a manera de cómodos cojines, les servían de descanso.  De la loma, donde se encontraban, podía divisarse parte de la campiña que, con su raleada vegetación, contrastaba con los desnudos rocosos que se levantan, en el horizonte, hacia el oeste. La débil luna se trenzaba, en desigual lucha, con los oscuros nubarrones que aparecían intermitentemente.

—¿Ves alguna luz en la casa? —preguntó Germán. El lejano aullido, de un perro, puso marco a sus palabras.

—¡No se ve luz, parece que ya descansan, hay mucha quietud —dijo Roberto—,¡Tócame la prima! —añadió, mientras bordoneaba su guitarra y ajustaba las clavijas, templando las cuerdas.

Silvera rasgó la primera cuerda de su bandolina y prosiguieron, con las demás cuerdas, templando en la misma nota bandolina y guitarra.

El grupo había salido media hora antes, del pueblo, y estaban a punto de llegar a la casita, de piedras y paja, que se observaba desde la loma a unos 200 metros. Era el objetivo del viaje. El tayta José, que era como lo conocían, dirigía el grupo. Por ser el propietario de aquellas tierras era requerido, por los arrendatarios, para los temas de importancia que se presentaban entre ellos: distribución de aguas temas de linderos, préstamos de sementales y también los matrimonios. Julián, un mozo de una de sus parcelas, y ahijado suyo, lo había visitado, dos días atrás, a la casa hacienda para manifestarle su deseo de casarse con Margarita, una campesina del lugar; por lo que pedía su autorización, de acuerdo a las tradiciones del lugar. Sin muchos rodeos, don José, le había dado su aprobación y, luego de despachar los asuntos diarios de la hacienda, se dedicó a los preparativos para cumplir con las diligencias del caso. Primero, tenía que organizar, la pedida de mano de la futura novia; para ello, debería contar con unos buenos músicos, que lleven alegría, en el momento de visitar a los padres; por lo que mandó, a sus propios, a buscar a Silvera y Roberto, conocidos en la comarca por sus dotes artísticas; luego, seleccionó unas botellas de buena caña, de aquella que hacía traer de las haciendas de Terebinto y Potrero en la Convención. Cuando todo estuviera listo mandaría a avisar, a Julián, que había llegado el momento del Warmi orqoy. Era así como, ahora, se encontraban cerca a la casa de Margarita. Cruzaron el espacio de terreno que los separaba de la choza y se apostaron frente a la puerta. A una señal, del tayta José, los instrumentos empezaron a desplegar dulces melodías, que embriagaban el aire, rompiendo el silencio de la noche.

—“Despierta mi amor si estas dormiiiiiiida

 Despierta mi amor si estás soñaaaaaaando

Despierta mi amor que estoy cantaaaaaando .

Vibraban las románticas letras de la canción, entonada por Silvera y Roberto, en ritmo de un sentido huayno. La tenue luz de un candil apareció en el interior.

—¿Pin sutimpi? ( ¿En nombre de quién?) —se escuchó una voz, dentro de la casa, rigiéndose por el protocolo de la costumbre.

! Wuiracocha Jose!  Sutimpi wiracocha Julian  Wiracocha  Prudencio! (¡Don José!¡ en nombre de don Julián Wiraqocha Prudencio!) —respondió una voz, del exterior, completando el mismo protocolo.

 La puerta, de la humilde choza, se abre y aparece don Prudencio, el dueño de la misma. Un hombre de, aproximadamente 60 años, de movimientos lentos, casi encorvado, casi aplastado por el tiempo y el destino, con el rostro cubierto de arrugas, tenía un semblante apacible y resignado.

            —¡Honras mi humilde casa papay! ¡Pasen wiraqochas! —Hace una inclinación, con la cabeza, y se pone a un lado de la entrada, por la que ingresa la comitiva. En el interior una mesa, de madera mohosa, sirve de base a un mechero, de querosene, que resplandece en el centro. Dos viejas bancas, de madera cubiertas de cueros de cordero, flanquean la mesa: son los únicos muebles de la pequeña habitación; a la derecha un tabique, de ramas y cañas, separa lo que debe ser el dormitorio. En la entrada, del mismo, se encuentra una mujer que, agarrando una lliclla que cubre sus hombros, poco a poco se va acercando a don Prudencio.

            —¿Cómo están?

Inicia don José.

—¡Bien nomas Papay!

Responde don Prudencio. .

—¡Me da gusto verlos Don Prudencio, doña Luciana! ¡Me da gusto verlos y que estén bien de salud! ¡Vengo con una misión muy importante, pero antes de conversar quiero que te sirvas este pequeño obsequio! ¡Oscar el paquete!

 Del grupo, se separa un joven con una bolsa que pone en la mesa.

—¡Es buena caña! ¡De lo mejor que hacen en Terebinto! —Sentencia don José. —Les decía don Prudencio, doña Luciana, que hemos venido por un motivo muy importante. Tú sabes que Julián —señalando al joven que se encuentra a la mano derecha—, es mi ahijado y yo, en este momento, hablo en su representación. Vengo a pedir la mano de tu hija, Margarita, para mi ahijado, Julián. Según sé las pretensiones, de mi ahijado, son correspondidas por tu hija.

 Don Prudencio y doña Luciana cruzan miradas y, volviéndose hacia don José, don Prudencio exclama.

—¡Hay papay! ¡Algo así imaginé cuando escuché la música y tocaste la puerta! ¡Taitita lindo! Tu ahijado ha puesto los ojos en mi hija ¿Qué puedo yo negarte?, pero no está en mí la decisión, aunque fuese mi desgracia, yo no obligaría a mi hija, mi querida Margarita, a aceptar algo contra su voluntad —Don Prudencio ha hablado mostrando ese orgullo, y dignidad, que caracterizaron su juventud; sin embargo, reaccionando como si hubiese cometido una gran falta ante el dueño de sus tierras, añade con grosera mansedumbre— ¡Creo que ella debe decidir Papay!.

—Muy bien, entonces, ¡Luciana, anda a llamar a tu hija! ¡Pero vamos! ¡Vamos! ¡Oscar sirve las bebidas! ¡Esta noche debe ser una gran noche!

Luciana, con paso lento, ingresa al dormitorio.  Oscar, diligentemente sirve hasta la mitad, sendos vasos de caña, a los concurrentes. Hacen un brindis, siempre con la iniciativa de don José, y se enfrascan en una conversación, indefinida, sobre las virtudes de los jóvenes. Transcurrido un tiempo aparecen, por la puerta del dormitorio, doña Luciana con una hermosa joven cuya belleza impresiona, gratamente, a los asistentes. Margarita, es la expresión de una juvenil gracia, y belleza, que parece haber sido extraída de algún cuento de hadas y trasladada a aquella tierra, hostil y dura, donde se necesita más fuerza que belleza para sobrevivir.

            —¡Ven niñacha, acércate! —Dice don Prudencio. Margarita, dócilmente, se acerca y se coloca junto a su padre— ¡Margarita, el tayta don José, ha venido a pedir tu mano para su ahijado el don Julián. Me ha explicado todo lo bueno que puede ser, para ti, ese matrimonio y, a mí, me parece bien; pero no puedo, o no quería, dar mi consentimiento sin antes escucharte a ti ¿Se conocen con Julián?

—¡Si papay! 

—¿Estás enamorada de él?

—¡Sí papay!

            —¡Y yo de ella don Prudencio! —Terció Julián interviniendo en la conversación que, don Prudencio, sostenía con su hija—, y queremos con su bendición, y la de mi padrino, formar una familia.

—¡Don José! ¡Papá lindo! ¡Has honrado mi casa ,visitándome, para traerme esta noticia que es alegría para mi hogar, porque si Margarita se siente bien sus padres también nos sentimos bien.

Una tímida sonrisa aparece en los labios de Margarita, al escuchar las palabras de su padre, se acerca a su madre y se cobija en sus brazos.

—¡No se diga más don Prudencio! ¡Todos estamos de acuerdo, Salud, por este acontecimiento!

 Levanta su copa, don José, y todos los presentes lo imitan, llevándose a los labios las copas con el aguardiente de caña. Desde que ingresara Margarita, al ambiente que ocupaban, todos habían quedado impresionados por su belleza, pero, quien había quedado verdaderamente aturdido y prendado de la bella joven, desde el primer momento, era Roberto, uno de los músicos acompañantes de don José. El músico, extranjero en esas tierras, creía revivir, al mirar los negros y brillantes ojos de Margarita, el hechizo de un romance ya lejano en su natal, Jauja. Los brindis se sucedían, uno tras otro, elevándose cada vez más la euforia estimulada por el aguardiente.

!Kunan wata, papa  cosechapi allin  kanka, papay! (¡Este año habrá buena cosecha de    papas papay !)

—¡Dios te oiga Prudencio! La próxima semana saldré a ver cómo está la reproducción de las ovejas!

  La guitarra, de Roberto, inició un lastimero Yaraví.

            Bebieron, comieron y bailaron sin restricción. Continuaron bebiendo hasta el amanecer. Los ojos, ansiosos de Roberto, no dejaban de observar a Margarita que, ruborizada, bajaba la cara cada vez que su mirada se cruzaba con la de aquel desconocido. Esto ocurría, con más frecuencia, porque los efectos del alcohol aumentaban, con el transcurso del tiempo. Julián, no era ajeno a estas circunstancias. Dentro de su pecho se mesclaban sensaciones de cólera e impotencia, ante las actitudes de aquel extraño, puesto que él sólo tenía vínculos con don José. Margarita, dos veces, había intentado retirarse manifestando sentirse mal y, otras tantas, don José lo había impedido.

—¡Cómo me vas a hacer ese desaire futura ahijada! ¿Es esta la forma de atenderme?  ¡Prudencio!  ¿Mi presencia no vale?  ¡Tu hija se va a casar con un ahijado de José de los Ríos y, a José de los Ríos, nadie lo deja en una mesa! —Vociferaba, mientras golpeaba la mesa con un puño. El licor, que embotaba paulatinamente sus sentidos, iba desapareciendo, poco a poco, al gentil hacendado que había llegado, horas antes, a la puerta de la casa. Había otro José de los Ríos, otro Tayta José. Por momentos las conversaciones eran intercaladas con música, que nadie escuchaba, y hasta los intérpretes habían perdido la dulzura de sus melodías. Estaban totalmente ebrios.

—¡Ya llegaron! —Dice Oscar poniéndose de pie al escuchar un galopar de caballos. Con paso vacilante se dirige a la puerta y la abre— ¡Ya están, aquí, don José!   

Don José había encargado, a uno de sus empleados, ir a la hacienda a traer cabalgaduras para llevarlos, de regreso. Se había cumplido el encargo. Luego de despedirse, unos, y, otros sin hacerlo, subieron a sus caballos. No pasó inadvertido que don José, después de despedirse de los padres, quedó conversando con Margarita unos minutos; luego se dirigió a su cabalgadura, montó y encabezó la partida hacia la casa hacienda. La aurora hacia su aparición en el horizonte.

Llegó el día del matrimonio. Don José de los Ríos, había cuidado todos los detalles. Una gran mesa, colocada en el centro del gran salón de la hacienda, sería el lugar donde se ubicarían las autoridades y personas notables del pequeño Distrito. Había hecho llegar músicos del Cusco; el sacerdote, que oficiaría la misa y el matrimonio, era también del cusco. En la capilla, de la casa hacienda, se oficiaría la misa y el matrimonio.

Eran las 9 de la mañana, cuando ya todos los invitados estaban reunidos, que se dio inicio a la ceremonia religiosa. El altar, bellamente decorado a pedido del sacerdote, daba un marco especial al acontecimiento. Los asistentes, incluyendo a la gente del pueblo, lucían sus mejores galas; puesto que, eran muy pocas las veces que había oportunidad de hacerlo, en aquellos alejados lugares. La esposa del gobernador miraba, de reojo, a la del Alcalde y se regocijaba, en su interior, que no estuviese mejor vestida que ella; además el collar, que ella tenía, era de oro legítimo y el de su vecina, ocasional, solamente era bañado en plata. Tanta era la preocupación, de las damas presentes, por el tema del buen vestir, que muy poca o nula era la atención que prestaban a las palabras del sacerdote, en el desarrollo de la ceremonia.  Solamente reaccionaron con prontitud, para aplaudir, cuando escucharon el “yo los declaro marido y mujer”. Concluida la ceremonia, el Tayta José invitó a los presentes a pasar al salón, donde unos empleados los fueron ubicando en sus respectivos lugares, señalados previamente. Don José se ha sentado en la cabecera de la mesa, flanqueado por algunas autoridades y el sacerdote.

—¡Un brindis por los novios! —Dice don José, levantando su copa— ¡¡Salud!!

—¡¡Salud!! —responde un tintinear de copas chocando.

No faltan quienes se acercan a saludar a don José, y a los novios. Margarita está radiante. Su belleza natural se ve aún más luminosa, con la vestimenta de novia, que para la fecha se ha dispuesto; sin embargo hay, en su rostro, cierta inquietud que vanamente trata de disimular. Han tintineado las copas, varias veces, y la alegría va en aumento. Por último se ha servido el almuerzo y, los comensales, lo disfrutan con gran beneplácito. Margarita casi inaudiblemente musita:

 —¡Ya es la hora! —Levantándose le dice suavemente a Julián—: Voy al baño, ya vuelvo! 

Los asistentes, poco interés prestan a otra cosa que no sea engullir, el apetitoso cerdo que yace, muy bien condimentado, en sus platos. El vino se sirve generosamente. Margarita se dirige a la puerta, que da al jardín, y sigue a la derecha, perdiéndose en el corredor que va a las habitaciones de la hacienda. Julián la ha seguido hasta el jardín pero, al no encontrarla, sigue de frente hasta la parte posterior de la casa. Dirige su mirada hacia el bosquecillo, que se alza hacia el poniente. En el gran salón, la algarabía va en aumento, pero ya no es don José el que invita a los brindis, porque también está ausente. Los empleados y mujeres de la casa, sigilosamente, atienden a los invitados; ellos, están ajenos a la alegría que éstos manifiestan y solamente cruzan cómplices y misteriosas, miradas. Roberto que ha asistido al evento y ha estado junto al sacerdote, algo masculla en voz baja.

—¡Maldito! ¡Maldito seas! ¡Me juraste que no lo harías! —Presionaba, fuertemente, la copa que tenía en sus manos mientras miraba el asiento vacío de don José.  

—¿Qué sucede hijo?,   ¿creo que dijiste algo?  ¡Si no me equivoco tú eres el sobrino del tayta José! ¡Ten en cuenta que todo lo que ocurre, en esta vida, es por la voluntad de Dios! ¡Alégrate, es día de fiesta! —Llama a uno de los empleados y se hace llenar la copa— ¡Acá también para mi amigo! —dice señalando la copa de Roberto.

Julián ha llegado al bosquecillo, arranca una flor silvestre, se la lleva a los labios y llora amargamente, un llanto de dolor e impotencia. Luego de calmarse, saca su pañuelo, se seca las lágrimas y desanda la ruta; cruza el potrero y llega al jardín. Parado, allí un momento, ve aparecer a Margarita por el corredor de la casa. Está vestida con la ropa del día a día, ha dejado la ropa de la ceremonia. Con paso presuroso, se dirige hacia él y lo abraza mientras dos lágrimas se deslizan por sus mejillas.

 —! Munakuyki Julian ! ! Tukuy sonkoyhuan  munakuyki (¡Te quiero Julián! ¡Te quiero con toda mi alma!)

Entre el delirante júbilo de la concurrencia, se escucha la voz del tayta José que ya se encuentra en el gran salón.

—¡¡Que vivan los novios!! —dice estentóreamente José De los Ríos 

—¡¡¡Qué vivaaaaaaannnnnn!!! —Corea la  embriagada multitud.

                                                                                            

 

 

 

 

 

 

 

 


domingo, 7 de junio de 2020

NUNAKUNAMANTA WILLAKUYKUNA (CUENTO DE LAS ALMAS)





NUNAKUNAMANTA WILLAKUYKUNA

CUENTO DE LAS ALMAS

 

Los caminantes atravesaron, el riachuelo, por el puente formado por un árbol caído sobre él. Al llegar al otro lado apresuraron el paso, inquietos, por la posibilidad de llegar tarde al evento que se iba a desarrollar, o tal vez ya se estaría desarrollando, a unos kilómetros -río abajo-  de allí. Los rayos de la luna,  filtrándose entre los árboles, dibujaban caprichosas sombras fantasmales por el sendero, que conducía a la comunidad de Pan de Azúcar. En un primer plano, avanzaban Eulogio, Rodolfo y Alfredo; unos metros atrás, iban Elías, Ricardo, Rodrigo y tres, desconocidos, que se habían sumado en el camino.

 —¿Qué hora es? —preguntó Alfredo.

—Serán ya las siete —contestó Eulogio.

—Espero que lleguemos a tiempo —. Remarcó Alfredo. La ansiedad se reflejaba en el rostro de los jóvenes que, más que andar, parecían correr por la ligereza del ritmo de sus pasos. En la mente de Alfredo, que era profesor de un colegio del pueblo, se cruzaban una serie de ideas. Había escuchado hablar de apariciones, y fantasmas, muchas veces en su larga carrera docente; pero con las características, de los hechos, que le habían narrado esa mañana, nunca.

—¡Profesor! —le habían dicho sus alumnos—. ¿Cree Ud. en fantasmas?  La respuesta de Alfredo había sido rotunda:

—¡No!

—¡Pero profesor, todo el pueblo habla de que ha aparecido un fantasma, o mejor dicho, un alma condenada en la comunidad de Pan de Azúcar!  —Alfredo quedó mirando al joven y volteando, el rostro, hacia los demás alumnos reaccionó en segundos.

—¡No se dejen engañar por alguien, que trata de asustarlos, quien sabe con qué fin¡ —Los jóvenes volvieron a insistir.

            —¡Si existen profesor, el hermano de Eulogio ha estado cuando apareció! —Alfredo volvió inquisitoriamente la mirada hacia Eulogio.

            —¿Es cierto? —Eulogio sostuvo la mirada, pero por algún motivo no respondió. Alfredo, levantando la voz se dirigió a todos en general—. ¡No sé si ustedes tengan experiencias, sobre este tema, pero yo personalmente no creo en los fantasmas! Si por allí hay alguna aparición, envuelta en sábanas blancas o mantos negros – yo que sé-, hay que agarrar un buen palo o, si hay a la mano, un buen machete y hacerle frente. ¡Verán como al fantasma le van a faltar piernas para correr!  Los jóvenes cruzaron miradas y finalmente Rodrigo intervino.

—¡No es así como aparece profesor!  En el momento es difícil explicar la forma como se presenta; pero ¿Por qué no nos acompaña, hoy en la noche, para que pueda verlo Ud. personalmente? —Alfredo quedo pensativo.

—¿Esta noche? ¿A qué hora?

—Sería bueno salir de aquí a las seis o seis y media ­—intervino uno de los jóvenes, los demás  asintieron y Alfredo concluyó.

—¡Bien ¡ entonces todos los que estén  decididos a ir deben estar en la puerta del colegio a las seis. Pidan permiso a sus padres y ahora continuemos con nuestra clase.

                  

El grupo de caminantes divisó, unas luces, en un claro que se abría ensanchando el sendero. Éste desembocaba en una carretera.

            —¡Allí es profesor! —dijo Eulogio señalando unas luces que parpadeaban a la distancia. Conforme se iban acercando, la ansiedad de Alfredo se convirtió en asombro. Aquello era todo un espectáculo. En la parte derecha de la carretera, se observaba  unos diez vehículos estacionados frente a un terreno, inclinado, que conducía a un nivel plano superior. En él, se divisaba una habitación, rústica, con techo de calamina y paredes de adobe. Frente a la puerta de entrada se destacaba un patio, de tierra apisonada, que recién había sido regado. Detrás de la vivienda, se extendía un enorme cacaotal, donde se podía distinguir una especie de atalaya, era la colca donde se guardan los productos, agrícolas, para una mejor conservación. El patio, estaba atestado de gente: unos oraban, otros cuchicheaban y, por último, algunos simplemente guardaban silencio, como esperando algo que tenía que ocurrir. En el ambiente flotaba una atmósfera de recogimiento y temor. Alfredo y los jóvenes subieron, la rampa de tierra, y llegaron al patio. Los presentes no les dieron ninguna importancia, estaban absortos en sus oraciones, sus conversaciones y sus pensamientos solitarios. El profesor se acercó, a la puerta de la habitación, seguido de sus acompañantes. El interior estaba a oscuras. El fulgor de la luna llena era la única luminosidad que se filtraba, a duras penas, hasta el quicio de la puerta. La ausencia de ventanas, hacía más difícil el ingreso de luz y, por lo tanto, distinguir a las personas ubicadas en el interior. Uno de los jóvenes, recién llegados, encendió una linterna para poder ver.

 —¡MANAQASUKUQKUNA, MANACHANINCHAQKUNA  MANA….SAQRAKUNA! (¡Malcriados!, ¡blasfemos!, ¡descreídos! ¡Diablos!) —Fueron las palabras airadas que salieron, de la habitación, como reacción violenta a la linterna prendida. Como las voces iban en aumento, y con mayor agresividad, hubo que apagar la linterna. De repente un vocerío en la parte del patio llamó la atención.

—¡ HAMUSHANÑAN, HAMUSHANÑAN! (¡Ya viene!, ¡Ya viene!) —exclamaba la gente y caía de rodillas. Simultáneamente el cacaotal empezó a agitarse, haciendo un ruido aterrador, como si fuese presa de un fuerte temporal; sin embargo, no había una brizna de viento. Seguidamente las calaminas empezaron a vibrar: ratatatatatata… con una brusquedad, propia de un intenso movimiento sísmico. La gente, tanto del interior como del patio, con la expresión del pánico en sus rostros, y los ojos desorbitados,  se des hacían en plegarias y ruegos para calmar tan extraño fenómeno.

—ÑAÑAYKUNA TURAYKUNA TAYTACHA (hermanas y hermanos ¡Dios nos acompañe!) —Un sobrecogedor, e indescriptible timbre femenino resonó en el interior causando un silencio, absoluto, entre los presentes. Un sudor frío cubrió el cuerpo de Alfredo y una humedad, viscosa, pegaba la camisa a su cuerpo; una sensación de asombro, y miedo, habían paralizado sus músculos y, acaso, su cerebro. Al escuchar, por primera vez, esa voz había sentido erizarse sus cabellos, mientras por su columna se trasladaba, de la cabeza a los pies, una corriente que -a manera de sobrecarga emotiva- le había fundido todo atisbo de razonamiento.

            —¿Qué es esto profesor?, ¿qué explicación puede darnos de esto? —preguntó, Rodolfo, acercándose al profesor.

 —¿Qué?  ¡No lo sé! ¡Nunca he visto algo parecido! —respondió el profesor agarrándose la cabeza, como tratando de despertar de un mal sueño. Los demás jóvenes se arremolinaron  junto a él, cerca al quicio de la puerta, mientras la voz seguía resonando en el interior.

—¡HAMUSHANIN QANKUNAPAQ  CHANINCHAYCHIS!( ¡Vengo para que crean en mí!) —Fueron  las siguientes palabras que lanzó la espeluznante aparición, cuando  se sintió su presencia en la habitación. El profesor, en su desesperación por saber que pasaba allí, prendió su linterna y enfocó hacia el lugar donde se escuchaba la voz, esperando ver a alguien. Un nudo en la garganta impidió que se le escapara un grito de angustia y temor: ¡Nada! ¡No había cuerpo físico alguno!, solamente  la voz cambiaba de ubicación, cada vez que la trataba de ubicar, jugando con su desconcierto y su miedo. Una serie de imprecaciones salió de la multitud, ante aquel acto, para ellos, sacrílego; pero lo más atemorizante fue la reacción de la voz que, acercándose al lugar donde se prendió la luz, espetó con tono amenazador:

—¿QANKUNACHU NOQAMANTA? ( ¿Ustedes, quieren burlarse de mí?) —Y pronunciando diferentes nombres, entre los que estaban Rodolfo y Ricardo sentenció—: ¡Sichus  kankuna  mana jampiq  wañunankama  onkoyta munankichischu chayka,  mañakuna   chunka unchaupi  Kimsa chunka  yanankuta, Kinsa chunka muchayuskayki maría , Kunan  kallariychis. ( ¡ Si no quieren que les mande una enfermedad incurable, que les cause la muerte,  deberán  rezar en mi nombre, durante 10 días, 30 oraciones del padre nuestro y 30 oraciones del Dios te salve maría, empezando ahora). —Los aludidos balbuceaban, palabras ininteligibles, creyendo estar iniciando su castigo.  Rodolfo y Ricardo, sin dudar un instante, habían caído de rodillas para acompañar a los demás castigados. La voz seguía moviéndose, de un lugar a otro, y entre todo lo que decía manifestaba su preocupación por las injusticias de esta sociedad; por la maldad de la gente que había originado su muerte; por la cercanía del fin del mundo; por la necesidad de hacer una capilla, en ese lugar, dedicado a la Virgen del Carmen ya que ese debería ser un lugar sagrado dedicado solamente al culto.

—¡Benjamín! —dijo la voz con un tono, profundo, que parecía emerger del infierno.

—¿Mamitay? —respondió, sollozando, un hombre entre los asistentes. Por el conocimiento que se tenía había sido compadre de la mujer cuya alma, supuestamente, se encontraba conversando en ese momento con él.

            —¡NOQAN PAMPACHASAYKI IMA MANACHANIN RUWAWASQAYKIMANTA, ICHAQA  ASHQATAN MAÑAKUNAYKI  TAYTACHAQAQ  PANPACHANANPAQ! ( ¡Te perdono, por todo el mal que me hiciste, pero debes rezar mucho para tener el perdón de Dios!)

El hombre, en extrañas convulsiones, explotó en llanto y cayo revolcándose en el suelo. Los gritos de dolor y remordimiento del pobre hombre, de continuar,  pudieran haber helado la sangre del más pintado de los mortales y del más creyente de los allí presentes; pero de pronto, todo quedó en silencio. La voz, tan repentinamente como llegó, desapareció. Dejó de escucharse.

Tal si se hubiese roto un encanto, todos prendieron sus linternas; buscaban algo en el techo, las paredes, los rincones: ¡Nada!

 Como si alguien hubiese dado una orden, salieron disparados en loca carrera hacia la carretera; gritaban y juraban jamás volver a ese lugar. Los jóvenes que acompañaban a Alfredo, lo miraban inquisitoriamente, esperaban que les dijera algo; pero él parecía haber quedado plantado junto a la puerta.

            —¿Profesor! ¿Qué hacemos? —dijo Rodolfo. Alfredo, sacudido de sus pensamientos, respondió pausadamente.

            —Tenemos que irnos jóvenes, esto me parece increíble, nunca lo había visto, ni siquiera escuchado en comentarios; se necesita pensar mucho, para saber de qué se trata; mañana lo conversaremos, ahora, hay que ir a descansar.

El cuarto, que hacía unos minutos estaba hacinado de gente, ahora lucía vacío; en el patio quedaba un hombre, de aspecto famélico, extremadamente delgado; en su rostro huesudo, unas enormes ojeras encerraban una mirada de angustia, miedo y dolor: un alma atormentada.

 

Al día siguiente la noticia de la aparición, era el pan del día en el pueblo. Los comentarios en las tiendas, las pensiones y los hogares trataban sobre la sorprendente aparición del “alma nativa”, nombre con el que se le había bautizado a ese fenómeno fantasmal. El colegio no era la excepción. Era la tercera aparición; sin embargo, había sido la más impactante. El hecho no había pasado desapercibido para el periodismo y las autoridades, tanto de la capital del departamento como de la capital de la república, y pronto, Pan de Azúcar tuvo nuevos visitantes ansiosos de observar el fenómeno de las apariciones. El problema que se les presentaba, a esos observadores, era que no se sabía en qué momento, y cuándo, volvería a aparecer “alma nativa”. El profesor Alfredo, por su parte, ya repuesto de las impresiones que le causara el fenómeno de la aparición, les había prometido, a sus alumnos, encontrar una explicación lógica a los acontecimientos que se estaban presentando. Pensaba, para sus adentros, que si no lo lograba habría que aceptar que un fantasma había vuelto del más allá.

Un hecho distrajo del tema, de alma nativa, a Alfredo. Al terminar las clases del día, Gregorio un estudiante de la comunidad, se acercó a él para invitarlo a una velada que se iba a realizar en su chacra.

—Es algo muy bonito  profesor. Además mi mamá quiere conocer a su esposa. Cómo Ud. está siempre ocupado, me parece que esta es una buena oportunidad.

—Pero, ¿Es esta misma noche?

—Sí, Ud. puede ir a las seis. He hablado con unos amigos para que pasen por usted. —Alfredo sintiéndose comprometido, con tanta gentileza, aceptó.

 

Eran luciérnagas deslizándose, rítmicamente, por el sendero que lleva  hasta la parte baja, del camino a la comunidad de Terebinto. Los faroles, con su tenue luz, apenas dejaban divisar los morenos rostros de sus portadores. De trecho en trecho iban saliendo, de los cacaotales,  nuevos caminantes que se incorporaban al bullicioso cortejo.

—¡Mira!, ¡más luces mamá!— le dice el niño a la esposa de Alfredo.

—Sí, hijito, son los amigos de Gregorio que van a ayudar en la velada.

—¿En la velada?

—Sí hijito

—¿Qué es una velada mamá? —pregunta curiosamente el niño.

—Ahora lo vas a ver. Es un trabajo que se hace en la chacra; pero como se hace de noche le dicen velada. —El niño se queda tranquilo por el momento. Sus pasitos apresurados tratan de igualar la marcha de la comitiva, que se desplaza por el irregular camino. Llegan a un pequeño desvío y siguen por él, saliendo del camino principal. El nuevo sendero los lleva al interior  de un  bosque de cafetos, donde divisan unas luces.

—¿Allí hay una casa mamá? —pregunta el niño.

—Sí, hijito, allí vive Gregorio. —A la luz de un petromax se distingue, entre el follaje, un grupo de personas compartiendo en un pequeño matukancha. Frente a ellos hay una modesta casa de adobes y techo de paja. Dos mujeres entran y salen, inquietamente, repartiendo ponche a los presentes. Un bullicioso “chusquito” sale al encuentro de los recién llegados, ladrando estridentemente, que hasta el momento suman unas veinte personas.

—¡Mamitay, que suerte que hayas venido, señoracha! Siquiera así me visitas ¡Pasa mamita linda! —Quien así ha recibido, a la esposa de Alfredo, es Saturnina Atapaucar la mamá de Gregorio. Se deshace en atenciones con Catalina y sus dos pequeños hijos. Los hace sentarse a la mesa cerca al fogón, que los niños miran con curiosidad.

—¡Así vivimos en el campo mamita! —Saturnina, parada frente al fogón pasea la mirada por las paredes de su humilde cocina, cuyas paredes ennegrecidas por el humo de la leña,  restan la luminosidad de los mecheros

—Es bonito —responde Catalina—, sobre todo ese ambiente de paz y tranquilidad que nos da la naturaleza

—Hoy estamos haciendo ayni, porque nos está ganando la cosecha, el café  se está echando. Hay que aprovechar lo más que se pueda

—¡Madre!, ya voy a entrar con la gente —interrumpe Gregorio, que ha entrado a la cocina.

—Sí hijo está bien ¿Cuántos petromax hay?

—Cuatro, pero con los faroles se completa, hay 30 mamá, te aviso por…

—¿Sí hijo ya lo sé, anda nomas!

Saturnina no dejó terminar a Gregorio, por la vergüenza de permitir, delante de Catalina, que su hijo le dijera cuantas raciones debería cocinar. Gregorio se interna en el cafetal, con las personas, y las ubica en las áreas respectivas para iniciar el trabajo.

A la luz de las lámparas brillan los rojizos frutos, arrancados de sus ramas y colocados en el morral de los labradores. Dos hombres iban recolectando lo cosechado, en sendos costales, y llevándolo a una máquina apostada, expresamente, en un ángulo del matukancha. Allí otros dos hombres, uno echando agua y el otro accionando la máquina, iban pelando el café despojándolo de su roja cubierta.  En el interior de la chacra el bullicio era mayúsculo, el trabajo se acompañaba de un ambiente festivo sumamente agradable. Alfredo estaba muy emocionado, nunca había visto ese tipo de actividad laboral, ni la forma en que se realizaba. La mayoría de los participantes, amigos de Gregorio, eran estudiantes del colegio. Alfredo comprendió, viendo ahora, porqué a veces no cumplían con las tareas que se les dejaba: estudiaban y ayudaban en el trabajo de los padres. Las horas transcurrían sin sentirse. Entre bromas, y anécdotas, el sueño y el cansancio no aparecían; por supuesto que uno de los temas que más se trataba era el de “alma nativa”, sobre el cual, se hacían toda clase de comentarios y bromas.

 Estaban en plena actividad cuando se escuchó un silbato. Era la una de la mañana y se estaba dando la señal que la velada había terminado. Hombres y mujeres dejaron la labor y, lentamente, iban  llegando al matukancha. En el centro de él, Saturnina Atapaucar y dos mujeres más, los esperaban con un perol humeante de caldo de gallina. Conforme llegaban iban recibiendo su plato de caldo. Una exquisita presa de gallina, de casa, acompañada de su moraya, su uncucha y su yuca era el ingrediente perfecto para concluir tan acogedora actividad. Los niños de Catalina sentados en el suelo del matukancha, protegidos por “Guardián” el chusquito de la casa, saboreaban una presa que cogían con sus manos sin reparar en nada de lo que los rodeaba. Las bromas continuaron en el matukancha. Doña Saturnina les agradeció, la ayuda, y se comprometió con todos a retribuir el ayni. Conforme terminaban, su cena, se iban agrupando para acompañarse en el camino, de acuerdo al lugar donde se dirigían.

—¿Ya nos vamos mamá? —preguntó la niña.

—Sí, hijita, pero aún tengo que ayudar a la señora Atapaucar.

—¿Yo en que te ayudo?

—¡No hijita, tú no!, pero no te vayas a alejar de tu hermano.

—Mamá dile a la señora que nos regale el perrito —dice inocentemente la niña.

—¡No!, eso no se puede, el perrito cuida la casa de la señora. Ya vuelvo. —Catalina se aleja en dirección a la cocina, dejando a la niña en divertido juego con su hermano y “guardián. Luego de un momento salen las cuatro mujeres, de la cocina, un grupo de personas está esperando, con Alfredo entre ellos. Se despiden de los dueños de casa y emprenden el retorno.

—¡Hasta más tarde profesor! —se escucha la voz de Gregorio.

La procesión de faroles se dirige, ahora de subida, en dirección al pueblo. En el trayecto van desapareciendo, en la espesura del monte, algunos faroles en los mismos lugares donde, horas antes, aparecieron. Por fin, a las tres de la mañana, se estaban acostando los niños después de una hermosa, y para ellos divertida, experiencia.

 

En los días que siguieron Alfredo dedicó gran parte de su tiempo en dilucidar el tema de “alma Nativa”. Para tal circunstancia conversó, con cuanto vecino estuviese a su alcance, especialmente con los de mayor edad; visitó los alrededores de Pan de Azúcar y habló con los tenientes gobernadores y autoridades del sindicato de campesinos, así como con las mujeres de la zona. Finalmente, recopiló la siguiente información: En la casa de las apariciones había vivido un matrimonio, siendo la esposa Natividad Huamán y Leandro Guzmán el esposo. Fue un matrimonio normal y, ambos conyugues, se llevaban en buenos términos; sin embargo, Natividad se hizo conocida por no ser muy respetuosa de la fidelidad conyugal. Se dice que había tenido muchos amoríos, extraconyugales, lo cual en sí ya era gravísimo, si se tiene en cuenta el carácter profundamente religioso y moral de las comunidades de la zona. Aunque, muchas veces, religión y moral están algo contaminadas de superstición, estos hechos, ya le había acarreado la antipatía, e incluso el repudio de las mujeres del lugar; pero, Natividad, pasó todo límite permisible cuando cayó en los brazos de su compadre Benjamín que, según se dice, era un apuesto mozo muy enamorador. La esposa, ofendida, organizó la desgracia de la infortunada Natividad. Reunió a las mujeres que, de alguna manera, habían sido agraviadas y le tendieron una celada. Recogieron ají “marate”, en una cantidad considerable; lo molieron con pepa y cascara y esperaron a que Natividad baje al río a lavar ropa. Cuando ésta así lo hizo, la cogieron, la desnudaron y le rellenaron la vagina con el “marate” molido, amén de la golpiza que le dieron, dejándola inconsciente. La consecuencia no se hizo esperar porque, Natividad, cayó enferma de gravedad, tanto por la golpiza recibida como por la infección generalizada, que le produjo el ají molido introducido en su vagina. En esos lugares, donde la atención médica era casi imposible, así como por las circunstancias en que se presentaron los acontecimientos, murió Natividad presa de terribles sufrimientos. En su lecho de muerte, prometió que volvería para vengarse de todos aquellos que le habían hecho daño: hombres, de falsas promesas, y mujeres, despiadadas. Habían pasado 15 años y, Natividad Huamán, había vuelto. Sus primeras manifestaciones fueron tocar la puerta y llamar a su esposo el cual, cada vez que habría y salía, no encontraba a nadie. Todo esto, ocurría a la medianoche. Leandro, se volvió taciturno, ya no conversaba con sus amigos, ni visitaba a nadie. Se iba consumiendo, poco a poco. No podía dormir bien, en las noches, y, en el día, debería ir a trabajar en el campo. Por aquel entonces, los sindicatos campesinos tenían una gran injerencia en la vida de sus asociados, incluso en temas tan delicados como la vida íntima. Leandro, agobiado por su problema, y sin salida posible, recurrió al sindicato y en la asamblea del día domingo expuso su caso. Los asambleístas, entre burlones e incrédulos, escucharon la versión de Leandro. El secretario general, aunque no convencido totalmente de las afirmaciones de Leandro, decidió darle ayuda. Se nombró a un miembro, del sindicato, para que lo acompañe por las noches. Entonces ocurrió algo extraordinario. Al filo de la medianoche, las calaminas de la casa empezaron a temblar, mientras afuera una voz se escuchaba:

—¿Leandro por qué no quieres venir a mí? —El campesino acompañante de Leandro inmediatamente se puso de pie y, machete en mano, abrió la puerta. Afuera, a pesar que se escuchaba la voz, no se veía algo o alguien; el hombre sintió que las piernas se le aflojaban y el miedo iba invadiendo todo su ser. Leandro, por su parte, ya estaba de pie junto a su compañero.

—¡Así ocurre todas las noches compañero! —El campesino acompañante de Leandro, controlando a duras penas su miedo, le pone la mano sobre el hombro y fija su mirada en él.

            —¡Aquí no podemos permanecer compañero, es preferible que nos vayamos a mi casa, mañana informare al compañero secretario general. —Leandro sin fuerzas, para oponer algún argumento a la propuesta, asintió con la cabeza y, ambos, emprendieron el recorrido del sendero que lleva a la carretera. A sus espaldas seguía el estribillo:

—¿Leandro por qué no quieres venir a mí ?

 Así había empezado el calvario, del pobre Leandro, después de 15 años de perder a su esposa.

 

Alfredo se enteró, por sus alumnos, que siguieron otras apariciones de “alma nativa”. En todas ellas, se remarcaba la necesidad de convertir el lugar en una capilla, por ser un lugar sagrado, que debería dedicarse a la oración. En el lugar, se hicieron presentes investigadores de fenómenos paranormales, así como miembros del servicio de inteligencia, del ejército y la policía, además del enjambre de periodistas que se desesperaban por cubrir las incidencias del fenómeno “alma nativa”; sin embargo, habrían de quedar todos frustrados, porque después de dos semanas de repetirse los hechos, el fenómeno jamás volvió a aparecer. Se dieron muchas explicaciones sobre el origen de estos eventos: ¡Es una advertencia divina! , decían unos; ¡Al diablo se le escapó un condenado, pero lo ha vuelto a capturar! , decían otros; ¡Es un condenado que nunca va a tener paz mientras no se construya la capilla!, se escuchaba en boca de otros tantos. He aquí una explicación que, a la luz de las circunstancias y las averiguaciones posteriores, ensayó el profesor Alfredo para trasmitir a sus alumnos: Cuando el rey de España Carlos III, en el año de 1767, ordena la expulsión de los Jesuitas del virreinato del Perú, en el decreto señalaba que fuesen expatriados en el momento que se les ubicase, solamente con la ropa que llevaban puesta, sin ningún otro bien material. Los jesuitas tenían grandes posesiones en el Perú. En sus templos, y conventos, guardaban celosamente infinidad de reliquias de oro y plata, que por ser de esos metales, valían una gran fortuna. Aunque el decreto tenía rigor de secreto, la noticia se filtró y llegó a oídos de los Jesuitas antes que el mismo decreto. Cuando la noticia llegó al Cusco, los Jesuitas, decidieron juntar todos sus bienes metálicos y fundirlos en lingotes para poderlos trasladar fuera del país. Pretendían de esa manera no dejar sus riquezas en poder de los virreinales. Seleccionaron a jóvenes frailes, de entera confianza, que deberían llevar una recua de 200 mulas cargadas con lingotes de oro y plata.  Se sacaría esa carga por el Amazonas. Cuando la caravana partió, la infidelidad, o inocencia en la conversación de uno de los frailes del Cusco, enteró a las autoridades españolas, las que inmediatamente dispusieron una partida que siguiese y dé alcance a los fugitivos.  Los frailes fueron alcanzados en Quillabamba, pero, la carga había desaparecido. A pesar de las torturas a que fueron sometidos, los frailes, éstos jamás divulgaron el destino de los lingotes; por lo que fueron ahorcados en ese lugar. Los virreinales jamás encontraron el oro, pero, por algunos indicios, producto de las torturas aplicadas a los frailes, se cree que pueden estar en alguno de estos tres lugares de La Convención: Potrero, Chaco Huayanay o Pan de Azúcar.

Resulta que una autoridad del pueblo, muy amante de la lectura, se había dedicado a investigar esta realidad histórica, y, había llegado a la conclusión que, el cargamento en cuestión, fue  enterrado en Pan de Azúcar; pero, el lugar estaba ocupado, y en posesión de Leandro Guzmán; por lo que, entrando en contacto con personas, de suma confianza, a las cuales enteró de la situación, planifico todo un sofisticado plan para sacar del lugar al propietario, o al menos tener la oportunidad de cavar, con el pretexto de la construcción de una capilla. La vida licenciosa, de la difunta, les daba el tema perfecto para montar el entramado. Se valieron de receptores- transmisores diminutos, utilizados por gente infiltrada entre los concurrentes, hilos de metal finísimo para el movimiento del cacaotal y las calaminas, poleas y motores con silenciador a cierta distancia de la casa y un técnico que operaba en la Colca ubicada al costado de la casa. El carácter supersticioso de la población, referente a los temas de ultratumba, favoreció los planes. Sin embargo, cuando aparecieron los periodistas y los servicios de inteligencia, el temor los hizo retractarse de sus intenciones. Aunque se señaló a algunas personas, como protagonistas de estos eventos, la falta de pruebas y lo increíble de la sofisticación de un plan de esta naturaleza, es esas regiones, hizo que todo quede como una anécdota en el imaginario colectivo del pueblo. Esa fue la explicación que el profesor Alfredo dio a sus alumnos. Si le creyeron a no ¿Quién sabe?  Puede ser que alguno de ellos esté en este momento planificando la forma de apropiarse de ese cargamento de oro y plata perdido ¿Quién sabe?


Mg. Luis Alberto Flores Castillo












                                             


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